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La violaron y le mataron un hijo en Pto. Deseado. Hoy busca reponerse para ayudar

Regionales-, Hace seis meses, a María Alcoba la atacaron en la playa, la dieron por muerta y sobrevivió. Habla por primera vez con los medios y dice que su misión hoy es recuperarse.

Tiempos felices. María Alcoba y su hijo Santino. A ella la violaron y al nene lo mataron en febrero en Puerto Deseado.

María Alcoba (45) se levanta cada mañana, toma mate cocido o café. Limpia algún mueble de su casa de Rosario de la Frontera (Salta) y deja de hacerlo cuando las heridas de su cuerpo le dicen que ya está por hoy, que tiene que descansar un poco. Cocina, ve un rato de televisión pero no los noticieros: las muertes, los robos, la ponen muy mal.

Cuida sus plantas y la huerta orgánica, que le sirve de terapia. Hace apenas unas horas, antes de la charla telefónica con Clarín, sembró unas semillas de pimiento. «Tenía un pimiento, pero me lo mató una helada», cuenta.

Cuando cae el sol, María va hasta un polideportivo que queda a unas diez cuadras de su casa y camina. Al principio, cuando comenzó con el ejercicio físico, sólo podía hacer unos pocos metros, siempre llorando, con la vista nublada por las lágrimas.

Pero se propuso mejorar y así agradecer por estar viva. Hoy ya completa seis o siete vueltas a la pista del polideportivo. Camina una hora y siente que cada día elonga mejor.

Para María todo es recomenzar, sanar, recomponerse. Primero quiere agradecer a quienes la ayudaron: médicos, enfermeras, personal de limpieza del hospital de Puerto Deseado, la Gendarmería, la gente que marchó en el Sur reclamando Justicia (llenándola, además, de cartas y mensajes de apoyo), los vecinos de Rosario de la Frontera que cortaron la ruta 9, la familia, los amigos. Quiere que el artista plástico Aldo Soto -quien el 12 de marzo colocó una escultura en la playa en homenaje a su hijo Santino- sepa lo mucho que la emocionó ese gesto.

Ella nunca hablo con los medios de lo que le pasó y hacerlo ahora públicamente es parte de esa reconstrucción luego de que su vida se partiera en dos.

Hace seis meses, el 20 de febrero, fue atacada por un hombre y un adolescente cuando paseaba por la costa de Punta Cavendish, en Puerto Deseado (Santa Cruz), lugar al que habia viajado a visitar a uno de sus tres hijos mayores. Hacía un año que no lo veía.

«Fuimos sólo Santino y yo, en micro. Primero pasamos por Buenos Aires para el cumpleaños de mi hija y luego partimos para el sur. En 2018 habíamos viajado los tres, con mi marido. Pero nuestro auto ya es viejito para hacer tantos kilometros», explica María.

Esa tarde del 20 de febrero que ella había planeado pasarla tomando mate, comiendo empanadas y juntando caracoles con Santino (4) terminó en horror. A ella la violaron y golpearon con una gran piedra al punto de darla por muerta. A Santino lo mataron a golpes porque temieron que los identificara. Lo dejaron tirado a la orilla del mar esperando que la marea lo arrastrara.

«Cuando aparecieron los dos tipos yo pensé en gritar porque una parejita paseaba por ahí cerca. Pero me dio miedo que el ruido de las olas tapara mi voz y todo fuera peor. Así que pensé: ‘Sólo me van a robar’. El más grande quería plata y se puso furioso cuando no encontró más que mi celular y 300 pesos», recuerda María.

El hombre (Omar Alvarado, 35 años, quien se suicidó un mes después en su celda de Caleta Olivia) la llevó hasta un lugar más apartado en las rocas mientras su compañero, un adolescente (que será juzgado cuando cumpla los 18), retenía a Santino, a quien mataría poco después.

«Me golpeaba con la roca y yo escuchaba a mi hijo llorar. Pero con cada golpe lo escuchaba menos y menos, hasta que de pronto no lo escuche más», cuenta María.

«Hija de puta, me viste la cara, te tengo que matar porque yo a la cárcel no vuelvo», le había dicho Alvarado. «Apurate, apurate», le reclamaba el adolescente que retenía a Santino temeroso de que el perro amarillo que los acompañaba, y no paraba de ladrar, alertara a alguna persona que pasaba por la ruta.

María estuvo un tiempo desmayada. Cuando se despertó, instintivamente trató de buscar ayuda. No sabía dónde estaba con su hijo. Tambaleádose, ensangrentada, mareada y descalza porque le habían robado sus zapatillas (‘Lindas llantas tenés’, le habían dicho) logró llegar hasta una casa ubicada cerca del autódromo.

Allí llamaron una ambulancia que la llevo al hospital. Fue operada, le dieron casi un centenar de puntos en la cabeza y horas después se enteró de  lo de Santino.

«Vino una psiquiatra y me dijo que mi hijo había fallecido. Entonces no pude pararme más, ni para ir al baño. No podía hablar, sólo lloraba. A mi hijo los periodistas le preguntaban qué había pasado y él no podía contestarles porque no sabía. Yo sólo lloraba y lloraba», agrega María, que nunca habló con los periodistas y siente que ahora sí, que ahora está mejor para contar cómo fue todo y agradecer la ayuda que recibió.

– ¿Hubo algún día en que dijo «Yo tengo que mejorar»?

– No fue un día en concreto. Todo el tiempo me lo digo: Dios me dejó vivir, tengo que estar agradecida que estoy viva, por mis otros hijos. Cuando el tipo me golpeaba y golpeaba con esa roca yo me daba por muerta pero pensaba que a mi hijo Santino no le iban a hacer nada, que lo iban a abandonar por ahÍ. Pero yo sobreviví, y Santino no. Fue un milagro. Yo creo mucho en Dios, pero no tanto en los santos. Los santos son muchos, una no sabe a quién rezarle, así que le rezo a Dios, que me dejó con vida.

– ¿Cómo fueron estos seis meses?

– Duros. Al principio, como le digo, no me podía mover, ni comer. Sólo lloraba. Pensé que iba a enloquecer o que me iba a quedar en silla de ruedas. Por los golpes que me dieron aún me duelen los hombros y no puedo cargar peso. Tengo muchas cicatrices en la cabeza y en la nuca que me duelen cuando me acuesto. Pero estoy viva. Mi trabajo es estar mejor, recuperarme y el día que esté la sentencia contra el que mató a mi hijo, quiero ir y escucharla. Quiero que se haga justicia aunque haya que esperar a que cumpla la mayoría de edad. Quiero en unos años ayudar a la gente, de alguna manera, poniendo un comedor, acompañando a personas que sufrieron como yo.

El 14 de julio, María Alcoba cumplió 45 años. Lo pasó en su casa de Rosario de la Frontera con su marido y dos de sus tres hijos mayores: el que es gendarme (y vive muy cercade ella) y el que viajó de Puerto Deseado acompañándola y se quedó en Salta por la cuarentena. Su hija, enfermera en Buenos Aires, no pudo llegar, por el covid-19.

Con dolores en el cuerpo, con tristeza por Santino, con las heridas aún abiertas pero cicatrizando, María quiere llorar cada día menos, ser cada día más fuerte, celebrar que la dieron por muerta, pero está viva. (Nota: Clarin)

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